COSMOVISION, TERRITORIO Y AGUA

Agradecimientos

A Tito Pulsinelli, Lucía Vásquez, Juan Camilo Mira, Amadeo Cerón y Oscar Ospina, por sus aportes y sugerencias. De igual manera a los compañeros/as de Ecofondo, quienes lo van a publicar en el libro “Dos millones de firmas” (Referendo del Agua”) 2009.

Introducción

América Latina está en plena ebullición democrática. Al frente de ese proceso se encuentran los pueblos originarios andinos y amazónicos, y sectores campesinos (indios, afros y mestizos) que han resistido la avalancha neoliberal de los últimos 30 años.

En Venezuela, la fuerza militar nacionalista es punto de apoyo para amplios sectores populares urbanos y rurales. En Ecuador y Bolivia, este fenómeno es un verdadero laboratorio socio-político. Allí las comunidades indígenas y agrarias protagonizan masivas movilizaciones que se convierten en los soportes sociales de los procesos constituyentes en desarrollo.

Al abrirse los espacios de participación ciudadana y popular, como tempranamente sucedió en Colombia en 1991 – proceso que se frustró en el camino -, florece la enorme diversidad de nuestras sociedades. La nueva institucionalidad se ve obligada a plasmar las complejas realidades e identidades nacionales en normas constitucionales sobre autonomía y ordenamiento territorial, reconocimiento de la diversidad étnica y cultural, derecho a la participación ciudadana y comunitaria, y temas similares. Sin embargo, el simple reconocimiento formal no es suficiente.

El control del territorio, e incluido en él, el acceso y manejo del agua, del bosque, de los recursos genéticos y mineros, está en la médula de la problemática. En ese entorno se enfrentan intereses concretos y materiales de diversos grupos humanos. También afloran las múltiples concepciones sobre el mundo, que se han ido formando en medio del “resistir-transformar”, en unas sociedades complejas y diversas. Los derechos y deberes de los pueblos y comunidades encuentran su materialización real.

Con esa visión y en esa búsqueda, abordamos en este artículo el problema del agua en el marco de lo que sucede en diferentes regiones del departamento del Cauca (Colombia). En primera instancia, se presenta una reflexión sobre la cosmovisión humana en general y del agua en particular, en un intento de interpretar las diversas miradas que los pueblos amerindios construyeron en correspondencia con sus desarrollos socio-políticos.

En un segundo momento, describimos la situación de la problemática del agua en el contexto de la lucha de los pueblos indios del Cauca en defensa de su territorio y sus recursos naturales, y a su lado, las luchas campesinas, de pequeños y medianos productores, por la tierra y la construcción de economías “propias”, autónomas, de resistencia, frente a los intereses de terratenientes y de capitalistas monopólicos, nacionales y extranjeros.

A partir de la descripción de esa realidad, intentamos construir conceptos y criterios que nos permitan enfrentar los problemas actuales. Esperamos aportar nuestro granito de arena para filtrar las ideas y hacerlas transparentes, llenas de energía, en movimiento y en tensión, como es el agua en su medio natural.

El Cosmos, la vida, el agua. El encuentro de cosmovisiones.

Los pueblos ancestrales indoamericanos tenían una visión holística, integradora, dinámica y mágica del mundo. Tal mirada es compartida, con pequeñas variantes, por todos los pueblos de la tierra. Existen “vestigios” vivientes de esa realidad tanto en América como en África y Australia. Esa visión – desde nuestra perspectiva – no los hace superiores o más avanzados. Son etapas del desarrollo humano.

Dicha cosmovisión integral y holística corresponde a un estadio de desarrollo de los pueblos donde la unidad vital con la naturaleza era, casi, absoluta. La lucha por la sobrevivencia no era en sentido estricto un “trabajo”; dicha labor no había adquirido las formas especializadas que hoy tenemos. Además, frente a los inmensos avatares de la vida de esas épocas, los grupos humanos estaban obligados a privilegiar la unión y la cooperación al interior de sus comunidades primitivas. En correspondencia con su situación material y social, hubo de surgir una visión del mundo que contribuyera a fortalecer esa unidad y compenetración existencial. 

Al desarrollar la capacidad técnica para aprovechar los recursos naturales, la humanidad se transformó a sí misma. La división y la especialización del trabajo, y posteriormente, la aparición de las clases y castas sociales, multiplicaron la productividad humana. Aparecen formas diversas de apropiación del trabajo de unos hombres por otros. El conflicto, las contradicciones sociales y políticas enfrentan a los humanos. En el terreno de las ideas surgen justificaciones de la nueva situación, pero las sociedades mantienen las concepciones mágico-holísticas como un referente ideal de su pasado armónico. Es un mecanismo de defensa y, a la vez, una forma de reconocimiento espiritual, que es el origen de todas las religiones y creencias purificadoras y punitivas. Nos sentimos pecadores por haber abandonado esa comunión con la naturaleza y la sociedad.      

¿Cómo fue que ese pensamiento mágico-integral desapareció en el mundo occidental? Debemos recordar que los pueblos europeos (celtas, anglos, sajones, francos, lapones, etc.), portaban muchos elementos de esa concepción. El denominado pensamiento occidental, cientifista, reduccionista o “racionalismo positivista”, es el resultado de un fenómeno particular que se dio en la Europa cristiana. Más de 10 siglos de “oscurantismo” durante la edad media (hogueras, inquisición, poder temporal de la Iglesia, exterminio de las “brujas”), de persecución del pensamiento mágico, negación de la “animalidad humana”, intentos de divinizar al hombre haciéndolo ajeno a sí mismo, crearon condiciones para la aparición de formas de pensar rígidas, mecanicistas, materialistas estrechas, a pesar de la magnificencia humana y de la explosión de creatividad y libertad que surgió durante el Renacimiento, donde las sociedades europeas intentaron “reconectarse” con sus orígenes.

A pesar de todo, esa racionalidad “euro céntrica” ha permitido – vía especialización científica – llegar a importantes progresos del pensamiento. Ello nos facilita ahora, encontrarnos en una nueva dimensión, con lo fantástico, mágico, antiguo y totalizante de las cosmovisiones ancestrales. Perdidos por un tiempo hemos regresado con nuevas herramientas y más preparados para avanzar. Un “mamo” Kogui diría: “Nuestros hermanos menores han vuelto a encontrar el camino”. La explicación más sencilla la planteaba un monje tibetano diciendo: “Si ustedes no se hubieran ‘desviado’ no tendríamos los grandes avances tecnológicos que son una creación humana maravillosa. Ahora, hay que recuperar la espiritualidad, para poder colocar esos logros en nuestro beneficio”.[1]

En el caso de América, 517 años de arrasamiento y negación, de exterminio y aniquilamiento de nuestros pueblos originarios, es poco tiempo para destruir nuestras culturas y cosmovisiones. Tenemos la fortuna de que allí están, de cuerpo presente, representadas en infinidad de pueblos que reviven desde las cenizas, que han sobrevivido a esa hecatombe que significó la conquista, la colonización europea, y estas últimas tres décadas de políticas neoliberales. Y en esa tarea, no sólo resucitan los pueblos indios, también los afrodescendientes y la gran masa de campesinos (mestizos).

Esa visión integral antigua del cosmos, de la energía, de la vida, que combina de mil formas los elementos vitales como el fuego, el agua, la tierra y el aire, empieza a ser entendida por lo más avanzado de la ciencia actual, desde la teoría cuántica pasando por los sistemas complejos y la teoría del caos. Pero ese entender la integralidad del pensamiento ancestral, debe servirnos para comprender sus desarrollos posteriores, y para ayudar a desmitificar muchos conceptos. Sólo así convertiremos ese conocimiento en algo vivo y vital, no en verdades eternas y petrificadas, sino en aportes y herramientas para abordar la compleja realidad que actualmente vivimos los pueblos del mundo. Y no sólo en esta parte de la tierra.

Porque muchas de estas concepciones han sido idealizadas y convertidas en mitos ahistóricos que no corresponden a la realidad de los pueblos y sociedades. Cada formulación, de cómo las sociedades se explicaban el mundo, refleja un momento específico del desarrollo de los pueblos. Un ejemplo de cómo el pensamiento “occidental” empieza a influir con sus interpretaciones reduccionistas, es lo que ha sucedido con el término “Pacha-Mama”, de la cultura aymará-quechua, que se la ha identificado exclusivamente con el elemento “Tierra”. Realmente, en la civilización quechua el concepto está vinculado a la cosmovisión del mundo que concebía la Pacha-Mama como la Madre Cosmos o Espacio-Tiempo Madre. En ese pensamiento existe también el Pacha-Tayta, como el Ordenador, y el Ayllu o Comunidad como la integración, de la cual se desencadenan todos sus Hijos, incluyendo todo lo existente.[2]

“La Tierra, el Agua, el Fuego, el Aire, son formas y elementos fundamentales que la energía cósmica adquiere en un momento dado. Todos somos nutridos por el sol, el agua, el viento, la tierra, y a la vez somos partes constitutivas del Todo…Todos tenemos los mismos Padres, todos somos Hermanos”.[3] Esta visión hace parte de todas las culturas humanas, no es exclusiva de nuestros ancestros, aunque no se puede negar que cada civilización tuvo sus desarrollos y particularidades, lo que constituye una reafirmación de la gran diversidad de la vida, incluyendo la humana.

En el caso del agua, a medida que los pueblos amerindios fueron desarrollando diversas formas de vida, unos en los desiertos, otros en las altiplanicies, algunos más en las laderas andinas, más allá en las praderas, en las costas, en los valles interandinos o en las selvas amazónicas o mesoamericanas, fueron adaptando sus ideas – a partir de esa cosmovisión original -, a esa realidad circundante y a su desarrollo material y social. El resultado es la inmensa diversidad de mitos y leyendas sobre el origen de la vida: surgida del extenso mar, desconocido y misterioso; de los páramos y lagunas altas de los Andes; de los ríos y corrientes de agua en las selvas y llanuras; del infra-mundo subterráneo en los desiertos y territorios inhóspitos; o del cielo nuboso y lluvioso en amplias regiones. Las inundaciones, las avalanchas, los deshielos, los tsunamis, las grandes tormentas, las sequías, todo ese tipo de cataclismos ligados al agua, están en el centro de esas alegorías y mitos. Entre otras, destacamos de la mitología chibcha (Colombia):

“En el principio del mundo hizo su aparición en la tierra, a la banda izquierda del anchuroso Magdalena, una gran sombra, como de forma humana, que permaneció tendida sobre el suelo. Durante algunos días, el misterioso espectro, a quien los muzos en su idioma llamaron are se ocupó en labrar en madera varias figuras de hombres y mujeres. Cuando hubo concluido su trabajo, echólas a la orilla del río, y luego al punto quedaron animadas las figuras, se agitaron llenas de vida y salieron del agua los hombres y mujeres radiantes de juventud. La sombra creadora los distribuyó en parejas y los dispersó para que cultivasen la tierra. Formados ya los primeros padres de los indios, la sombra viva desapareció”.[4] 

Esa riqueza conceptual, mítica y proverbial corresponde entonces, a la multiplicidad de pueblos y de desarrollos históricos que tenemos en nuestro continente. A lo cual, debemos sumarle la diversidad de los pueblos que llegaron con la colonización europea y posteriores migraciones.

En el manejo técnico del agua, los pueblos indoamericanos tienen grandes muestras de su ingenio, que van desde los sistemas de riego de los zenúes hasta los de los pueblos aymarás en las altiplanicies bolivianas. Los acueductos incas y sus sistemas de drenaje, no tienen nada que envidiarle a la ingeniería china o romana. La técnica del canalón en la explotación de las minas de oro, era de tal calidad, que los españoles se la apropiaron y la presentaron como obra de ellos.[5] Igual, en las culturas meso-americanas. Éstas lograron construir lagos artificiales y grandes sistemas de irrigación que sirvieron de base para construir las economías agrarias que sustentaron sus imperios.  

La diversidad de nuestros pueblos Indo-afro-euro-americanos.

En América, antes de la llegada de los conquistadores y colonizadores europeos, existían verdaderos imperios, de diverso tipo (inca, azteca, muisca, maya) y multiplicidad de naciones, familias, tribus y comunidades. Unos eran subordinados a los imperios; otros se mantenían independientes, organizaban alianzas para enfrentar a sus rivales; y muchos más, estaban relativamente aislados en la inmensidad del territorio. El desarrollo de los pueblos originarios era heterogéneo y desigual, y en ocasiones, la lucha por territorio era feroz.

En gran medida, las formas de organización y el estado en que se encontraban al momento de la invasión, determinaron el tipo de respuesta y su capacidad de resistencia. Es bien conocido que las sociedades imperiales se quebraron rápidamente. Las contradicciones internas fueron explotadas por los conquistadores y en pocos años cedieron su poder. Los invasores se dieron cuenta de su extrema fragilidad, se aliaron con los pueblos dominados y se apoderaron de los territorios y riquezas, muchas veces aprovechando las creencias y lealtades de las comunidades, como ocurrió con Moctezuma, Atahualpa y los Zipas chibchas.

La división interna, la pérdida de la identidad como pueblos, la existencia de numerosas castas y elites, los sistemas autoritarios basados en la fuerza, la presencia de formas ideológicas derrotistas, todo ello configuró una situación relativamente “fácil” para los conquistadores. Las experiencias adquiridas en una región eran compartidas por los conquistadores que actuaban concertadamente.[6]

Sin embargo, con los pueblos “territoriales”, semi-nómadas, recolectores y cazadores, la lucha fue a otro precio. Estas comunidades defendieron su territorio hasta la muerte. Muchas de ellas nunca fueron reducidas. Algunas huyeron a regiones selváticas o apartadas, o ya habitaban en ellas. Y más difícil – todavía – fue la tarea conquistadora frente a los pueblos que se encontraban en un estadio de desarrollo “intermedio”, entre los cuales la “comunidad primitiva” estaba en pleno ascenso. Entre ellos existía una fuerte unión interna, las autoridades eran un poder reconocido con base en la experiencia y la sabiduría, y contaban con formas de organización colectiva y comunitaria. Los consejos de ancianos y de mujeres, se destacan entre ellas.

Esas comunidades entablaban alianzas permanentes o temporales entre tribus; los diversos pueblos se trataban en calidad de iguales pero organizaban niveles de coordinación con representación proporcionada, de acuerdo a criterios elaborados; tenían sistemas de pesos y contrapesos para equilibrar el poder entre sus mandatarios: el jefe guerrero, el gran dirigente para tiempos de paz y los “médicos” tradicionales. Tal sofisticación, es objeto actual de estudios e investigaciones, e incluso sociedades modernas han asimilado parte de esas formas organizativas integrándolas a sus sistemas políticos.[7]

Muchas de estas naciones indias ya habían resistido invasiones pre-hispánicas frente a otros pueblos poderosos. En el sur de Colombia se conformaron numerosas alianzas frente a las continuas arremetidas del imperio inca; lo mismo sucedió en el sur del continente con la conocida resistencia de los pueblos araucanos. Estas comunidades se destacaron por desarrollar una lucha organizada y más “política” frente a la invasión europea, entre los cuales se resaltan las luchas de la Alianza “Iroquesa” en el noreste de los EE.UU. y sureste del Canadá (alrededor de los grandes lagos), los mapuches en Chile, los nasas, pastos, sindaguas, zenúes, koguis, wayuu y muchos otros en Colombia, y una gran cantidad de pueblos en toda América, que son los mismos que se han mantenido en resistencia frente no sólo a la conquista y colonización europea, sino también a los intentos de acabarlos “como pueblos” por parte de las elites oligárquicas surgidas en la formación de las precarias repúblicas.

En esa perspectiva, se debe tener en cuenta otros aportes étnicos y sociales a la formación de las naciones “indo-afro-euro-americanas”. El aporte de los pueblos afrodescendientes no se puede desconocer. Fueron vitales en el proceso de colonización, no sólo como mano de obra esclava en las minas sino como artesanos, herreros, cocineros y maestros de muchos oficios. Ellos fueron sometidos a un brutal proceso de destrucción como unidades culturales. Es de las odiseas más trágicas de la historia humana. La absoluta mayoría de estas comunidades perdieron sus propias identidades, quedando reducidos a pequeños “palenques” y núcleos de población negra. Han venido recuperando costumbres, tradiciones y otros aspectos de carácter “étnico-racial”, como ocurre en el Palenque de San Basilio (Bolivar), en Guachené, Villarrica y Puerto Tejada (Cauca) o en la Costa Pacífica colombiana y ecuatoriana, y en muchas regiones de América, especialmente en los EE.UU., Brasil y las Antillas.

No podemos dejar de mencionar el aporte europeo, que en el caso de Latinoamérica fue conquistada y colonizada principalmente por ibéricos – “españoles” y “lusitanos” -, pero también por franceses, holandeses, ingleses, especialmente en las islas caribeñas. Posteriores migraciones europeas, asiáticas y africanas han marcado a países de Suramérica, completando el proceso de mestizaje racial y cultural que caracteriza nuestra región. Esa es parte de nuestra diversa complejidad y de una identidad multicultural que es potencia en sí misma.

El poblamiento del territorio caucano

El departamento del Cauca era una región poblada principalmente por pueblos indígenas de las etnias Misak (guambianos) y Kokonukos, que habitaban las tierras al oriente del llamado Valle de Pubenza. Eran los pueblos más poderosos de la región que vivían rodeados, en alianza y en conflicto, con otras tribus como los sindaguas, chisquíos, calcacés, pastales, polindaras, calibíos, esmitas, bojoleos, y gran cantidad de tribus y familias. Al oriente limitaban con sus grandes rivales, Nasas y Yalcones, quienes vivían en la vertiente oriental de la cordillera central.

A la llegada de los españoles encabezados por Sebastián de Belalcázar, los nativos son desalojados de los territorios más bajos, teniendo que refugiarse cerca de los páramos en los actuales resguardos de Guambia (municipio de Silvia), y en Puracé y Paletará. Por otro lado las comunidades nasas, también llamados paeces, son desarraigadas de los territorios bajos del Valle del río Páez, en el actual departamento del Huila, y en su fiera resistencia se refugian en las intrincadas montañas aledañas al volcán del mismo nombre, en donde liderados por la Cacica “La Gaitana” ofrecen una recia resistencia a los invasores españoles. Posteriormente avanzan hacia territorio guambiano, con quienes han mantenido una rivalidad que sobrevive en la actualidad.

En un primer momento los españoles no logran dominar y esclavizar a las comunidades nativas. En las siguientes expediciones se ven obligados a traer desde el sur, hoy Ecuador y Perú, gran cantidad de pobladores denominados por ellos con el nombre genérico de “yanaconas”[8], para explotar las minas de Almaguer y Bolívar, al sur del departamento en el Macizo Colombiano, y las ricas minas de Chisquío, localizadas en la cordillera occidental en el actual municipio de El Tambo. Parte de ésta población yanacona se asienta en las partes altas de los municipios de San Sebastián, La Vega y Sotará, en la cordillera central, y otra parte es ubicada en los alrededores de Popayán. Después, fueron repartidos en las encomiendas que se organizaron para copar el territorio. Estos yanaconas son la base ancestral de la mayoría de la población mestiza campesina del actual departamento del Cauca.

En la segunda mitad del siglo XVI los españoles importaron esclavos negros de origen africano. Fueron localizados inicialmente en cercanías de los actuales municipios de Suarez y Buenos Aires. Después se organizaron haciendas en Caloto, desde donde surtían esclavos y alimentos a las minas de oro de la región. Más adelante llevan esclavos negros a la zona baja del municipio de Timbío para la explotación de oro de aluvión en los ríos de Timbío, Quilcacé, Bojoleo y Esmita, que son ríos que conforman la cuenca media del río Patía, desde donde la población afrodescendiente se despliega hacia el Valle del Patía.

Posteriormente, familias payanesas incursionan con importantes contingentes de población esclava hacia los ríos Argelia, López de Micay y Timbiquí en la región pacífico-occidental, para explotar abundantes minas de oro. Esa población creció  y se apropió del territorio, en un proceso similar al que ocurrió en las minas de Barbacoas, que correspondían a la misma jurisdicción caucana. Hoy pertenecen al departamento de Nariño.

Así se pobló el Cauca. En el centro del departamento quedó ubicada la población mestiza con ancestros yanaconas; en el norte, en el Valle geográfico del río Cauca, la población negra afrodescendiente, que también se asentó en el Valle del Patía, al sur, y en la costa baja del pacífico, al occidente. Las montañas del la cordillera central fueron compartidas entre los pueblos Misak, Kokonukos y Nasas en el nororiente, y en el sur, por pueblos yanaconas, desde la Bota Caucana hasta las cercanías a Popayán.

Sin embargo, tal delimitación no es absoluta. Los encomenderos se esforzaban por traer bajo presión y/o engaños a indios terrajeros de diversas etnias a sus haciendas, e incluso trasladaban núcleos importantes hacia territorios diversos. Ejemplo de ello son las tribus Noviraos y Jebalás, emparentadas con los Nasas, que actualmente habitan importantes resguardos ubicados cerca a la capital del departamento, en medio de pueblos mestizos y guambianos.

A raíz de la guerra de los Mil Días (1899-1902), y posteriormente, con ocasión de la represión terrateniente que se desencadenó a raíz de la aprobación de la Ley 200 de 1936 (que adjudicaba tierras a aparceros y terrajeros), durante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, gran cantidad de familias indígenas de Caldono, Totoró y otros municipios, de ancestro “Páez”, migraron hacia la cordillera occidental para asentarse al otro lado del río Cauca, en zonas que van desde las riveras del Naya hasta zonas como La Paila, Cerro Tijeras y los resguardos de Honduras, Chimborazo y Aguas Negras, en el municipio de Morales.

Esta descripción geográfica e histórica nos muestra la movilidad que han tenido los diferentes pueblos y etnias de la región, en donde podemos ver, cómo se van superponiendo en el territorio. Las cabeceras municipales como Caloto, Silvia, Belalcázar y muchas otras, habitadas por los herederos de las familias de terratenientes criollos y sus servidores cercanos, han quedado rodeadas por comunidades indígenas, negras y mestizas, que antes habitaban y laboraban en haciendas, pero que en el caso de los indígenas, a partir de 1970, han recuperado casi todo el territorio de la cordillera central, creando nuevos resguardos o ampliando los existentes a esa fecha. Hoy, se presentan a diario conflictos por la tierra, por concepciones encontradas del territorio y del uso de los recursos naturales, entre ellos, el agua. Generalmente son conflictos pacíficos pero a veces, lindan con situaciones de violencia.

La estructura económica del departamento del Cauca

Históricamente el departamento del Cauca ha tenido escaso desarrollo industrial. Hasta 1970, el 85% de la población habitaba en zonas rurales. Su economía era de subsistencia basada en la agricultura, minería, pesca y otras actividades artesanales. Se mantenía una estructura productiva de tipo colonial, subsistían relaciones sociales y políticas basadas en la servidumbre, y el impacto del capitalismo era apenas visible.

La racionalidad económica predominante era de carácter “señorial”. Tener tierras y  campesinos aparceros, atesorar riquezas y portar un apellido aristócrata, era el ideal de los grandes terratenientes del Cauca. El trabajo físico y la inversión en la industria eran percibidos como algo ordinario y de “gente baja”. La construcción de infraestructura energética, vías y comunicaciones, era apenas incipiente. La aparición de la clase obrera era algo excepcional. Popayán era una pequeña ciudad con aproximadamente 30.000 habitantes.

El norte del Cauca, el valle geográfico del río Cauca, era la única zona impactada por la economía capitalista. El bloqueo de los EE.UU. a la revolución cubana (1959) causó el auge de la industria azucarera. Coincide con el fomento de cultivos industrializados de soya, millo, maíz, sorgo y arroz como parte de la llamada “revolución verde”. Los EE.UU. están a la ofensiva en el mundo, se crean los “cuerpos de paz”, aparece el Centro Internacional de Agricultura Tropical CIAT en Palmira, las universidades abren facultades de agronomía y veterinaria, y la industria de producción de alimentos tuvo un relativo auge. La metrópoli imperial, a través de la CEPAL[9], aplicó la teoría económica de la sustitución de importaciones y un capitalismo dependiente avanzó en algunas regiones de Colombia.

Ya desde los años 50 se había iniciado la expropiación de los campesinos negros, quienes habitaban las mejores tierras de los valles del río Palo, La Vieja y Desbaratado – afluentes del Cauca -. Es importante recordar que al terminar la esclavitud en la segunda mitad del siglo XIX, los afrodescendientes crearon una fuerte economía campesina, que le dio vida a Puerto Tejada (1913). Gran cantidad de productos agrícolas, especialmente cacao, café, ganado y frutales salían por el río hacia Cali. Desde Puerto Mallarino (hoy un barrio de Cali), por ferrocarril, vía Buenaventura, se exportaba el cacao hacia los EE.UU. En ese puerto fluvial se fundó en 1927 la segunda sede de la Unión Sindical Obrera que agrupó a los “braceros” del río (cargadores de barcos).[10]   

La multinacional Smurfit con el nombre de Cartón Colombia inicia su presencia en la región durante los años 60 con cultivos industriales de tipo agroforestal (pino y eucalipto) en la parte montañosa de los municipios de Toribío y Buenos Aires, al norte del departamento. Las pocas empresas instaladas en Popayán eran: Industrias Puracé del Grupo Enka-Celanese, Empaques del  Cauca, la Industria Licorera y una factoría de libros del Grupo Carvajal. La mayoría de los pobladores eran comerciantes, artesanos, albañiles, servidores del Estado, y otros trabajadores que desempeñaban labores de servidumbre en las haciendas y mansiones de la aristocracia payanesa.

El resto de la población caucana eran campesinos (indígenas, afrodescendientes y mestizos), atados a las haciendas latifundistas. Éstas acaparaban las mejores tierras en la cordillera central, valle del Patía, norte del Cauca y algunos municipios cercanos a la capital caucana, heredadas de los encomenderos desde la época de la colonia. En otras zonas del departamento existía una economía parcelaria de subsistencia basada en cultivos de pancoger y café tradicional (arábigo, borbón) sobre una estructura de propiedad de la tierra menos concentrada. En las zonas frías subsistían cultivos de trigo, papa y cebolla.

A fin de contar con mano de obra cautiva y una clientela política manejable, y como una estrategia de control y defensa territorial, los grandes terratenientes entregaron – durante el siglo XX – tierras a campesinos mestizos no ligados a las comunidades nativas.[11] En algunas regiones los resguardos indígenas subsistían a la presión de colonos y terratenientes. También permanecían amplias zonas apartadas en la Costa Pacífica y en la Bota Caucana, donde comunidades negras e indígenas se habían asentado.

Esa estructura semi-feudal se ha ido quebrando. En los últimos 20 años ha surgido una economía capitalista alrededor del cultivo del café, la ganadería, y la presencia de los cultivos de uso ilícito, especialmente, la coca. Además, el monocultivo de la caña de azúcar ha expandido su área, y las grandes empresas transnacionales están impulsando proyectos de infraestructura, de minería y de producción de agro-combustibles. La presión sobre las riquezas hídricas y la biodiversidad del Macizo Colombiano es evidente, que no sólo se presenta en el ámbito económico sino con la presencia de grupos paramilitares y violentos que desplazan a comunidades de sus territorios.

El desarrollo económico y la presión sobre las fuentes de agua

En el departamento del Cauca está ubicada la principal reserva de agua de Colombia. Es la “estrella fluvial” o hidrográfica con 4.356.228 hectáreas de los departamentos de Huila, Cauca, Nariño, Caquetá, Putumayo, Tolima y Valle del Cauca. El Macizo Colombiano tiene 92 Km2 de áreas de páramo, que representan el 21% del total de páramos del país. Allí nacen los 5 principales ríos del país (Magdalena, Cauca, Patía, Caquetá y Putumayo). La cordillera occidental del departamento, contribuye también con importantes caudales de agua a los ríos Patía y Cauca.

Dichos sistemas hídricos se encuentran bajo fuerte presión poblacional. En una franja de aproximadamente 30 kilómetros, de lado y lado de la carretera panamericana, se ha venido concentrando más del 60% la población del departamento. En 40 años, Popayán multiplicó por 10 la población urbana. El Bordo, Timbío, Piendamó, Silvia, Santander de Quilichao, Puerto Tejada, Caloto, Guachené, Villarrica, Puerto Tejada, Corinto y Miranda, son centros urbanos en acelerado crecimiento.

En la capital está en construcción el acueducto del norte de la ciudad. Se toma el agua del río Palacé, que nace en una zona en disputa entre comunidades indígenas, campesinas y terratenientes. La antigua fuente de agua del acueducto existente, río Las Piedras,  nace en el resguardo de Quintana. Existe un plan de mejoramiento de esa cuenca que es manejado concertadamente entre el Cabildo, las comunidades campesinas vecinas y la Corporación Autónoma Regional del Cauca CRC.

En el norte del Cauca, la mayoría de los municipios de la zona plana se abastecen del acueducto regional que obtiene el agua del río Palo, afluente del Cauca, que nace en las montañas del páramo del Huila, municipio de Toribío, territorio ancestral nasa. Desde hace más de 20 años la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca CVC en coordinación con ASOCAÑA, la Fundación Carvajal y la Asociación de Municipios del Norte del Cauca, diseñaron un plan de manejo de esa cuenca, pero a la fecha los proyectos de reforestación y otras acciones ambientales se han quedado en el papel. Mientras tanto la acción depredadora de colonos, cultivos ilícitos de coca, negociantes ilegales de madera, vienen causando graves daños en los ecosistemas circundantes.  

Sin embargo, son los Cabildos Indígenas Nasa del Norte del Cauca quienes, con el apoyo de la Cooperación Internacional, han asumido de manera concreta la recuperación y protección de nacimientos de agua, quebradas y cauces de ríos, mediante acciones de aislamiento y reforestación con especies nativas, como también en la recuperación y conservación de “Sitios Sagrados” que corresponden con áreas de páramos y de bosques, contribuyendo así también a la recuperación y protección de la biodiversidad y de especies endémicas y en peligro de extinción. En la base de datos de los diferentes resguardos y de la ACIN[1] reposan los datos que dan cuenta del enorme alcance de dichas iniciativas. 

La misma situación se presenta en el resto de la franja mencionada. Existe presión de la transnacional Unión Fenosa (Empresa de Energía del Pacífico EPSA) para canalizar el río Ovejas para alimentar la represa de La Salvajina. Dicho río nace en la parte alta del municipio de Caldono en territorio indígena, y es fuente de abastecimiento de gran cantidad de pequeños productores agropecuarios que habitan a lo largo de su cuenca. Ese proyecto tiene una fuerte oposición de todas las comunidades. En la misma zona, los municipios de Morales y Piendamó se abastecen del río Piendamó, cuyo nacimiento está en el resguardo de Guambia. La ciudad de Silvia alimenta su acueducto de esas mismas fuentes.

El valle de Pubenza hoy es la principal región cafetera que también demanda una gran cantidad de agua para el beneficio del café. Municipios como Timbío, Rosas, y El Tambo, han construido, por iniciativa y con gran esfuerzo colectivo campesino, una serie de acueductos interveredales y sistemas de riego que cubren un área aproximada de 30.000 has y abastecen de agua a más de 150.000 personas de áreas rurales. Estas comunidades de pequeños productores protagonizaron  durante la década de los años 90 del siglo pasado, en alianza con los pueblos indígenas, masivas movilizaciones en defensa de su territorio y la construcción de servicios públicos.

Por otro lado las transnacionales han fortalecido su presencia en la región. Smurfit-Kapa amplió su frontera forestal y trasladó los cultivos del norte del departamento a municipios del centro y occidente debido a la resistencia territorial indígena en el norte. Hoy es un factor de poder en el departamento con aproximadamente 35.000 has de cultivos de pino y eucalipto. Unión Fenosa, transnacional española, es la principal accionista de la Empresa de Energía del Pacífico EPSA, propietaria de la represa de la Salvajina. Anglo Gold Ashanti tiene concesiones mineras en 13 municipios. Empresas extranjeras en alianza con el gobierno colombiano vienen instalando proyectos de cultivos de caña y palma africana para agrocombustibles en la Costa Pacífica, al igual que ha sucedido en el norte del Cauca. La biodiversidad del Macizo Colombiano está en la mira de diversas empresas. El carbón de la cordillera occidental está en plena explotación.

La lucha por el territorio y el agua

Los territorios y las cuencas hidrográficas de la región hacen parte de territorios de jurisdicción indígena. En los últimos 8 años se observa una fuerte campaña de los sectores dominantes de la región contra esas comunidades. Con el liderazgo de los dos últimos gobernadores, Juan José Chaux Mosquera, hoy detenido por ser la principal cabeza de la “parapolítica” en el departamento, y por el actual gobernante, Guillermo Alberto Gonzáles Mosquera, el apoyo de ASOCAÑA y toda la clase empresarial, y el gobierno nacional, se ha lanzado un plan de exterminio y persecución de las organizaciones de nativos y de sus principales dirigentes.

Dicho plan tiene diversas variables. Se ha acrecentado el conflicto en la zona de mayor fortaleza del movimiento: El norte del Cauca. Se aprovecha la presencia de la guerrilla para generar un clima de violencia. Han sido asesinados numerosos dirigentes. Se han creado organismos campesinos e indígenas paralelas (Asocampo, Fedecampo, Organización Pluricultural Indígena del Cauca OPIC), manejadas desde la institucionalidad terrateniente para cercar y desgastar a las organizaciones auténticas de las comunidades. Se impide la compra de nuevas áreas de tierra para pueblos indios, generando una campaña de xenofobia entre los campesinos mestizos tratando de que – como ya lo han hecho – los pueblos guambianos y nasas compren tierras en otros departamentos, como el Caquetá y Putumayo. Es un desplazamiento forzado impulsado y legitimado desde el gobierno.

La apropiación de las fuentes de agua ha sido un proceso paulatino. Existen 256 acueductos y abastos de agua comunitarios. En su mayoría han sido construidos con esfuerzos propios, con la colaboración de Salud Pública y la CVC cuando tenían presencia en las regiones. Se han invertido parte de los subsidios de vivienda y en los últimos 15 años los recursos económicos han provenido de las transferencias a municipios y cabildos indígenas. Esos sistemas comunitarios son administrados por empresas asociativas y juntas administradoras. Algunos tienen forma cooperativa. En las comunidades indígenas son operados mediante contribuciones mínimas y trabajo colectivo. El Estado sólo tiene control sobre los acueductos de las cabeceras municipales, aunque hay un proceso de apropiación comunitario como respuesta a la politiquería y al desgreño administrativo.

Los acueductos construidos por las comunidades campesinas cafeteras son los más organizados. Muchos cuentan con plantas de tratamiento y tienen sistemas de contribución y de pago con tarifas relativamente bajas. En los últimos 5 años se presenta una gran tensión frente a los intentos de la Comisión de Regulación de Aguas CRA, el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Territorial MADT, y los gobiernos locales, de obligarlos a aplicar la normatividad de tipo comercial contenida en la Ley 142 de 1994. La herramienta de presión ha sido el Sistema Unificado de Información SUI. Con el argumento de la modernización empresarial se pretende imponer criterios de rentabilidad y productividad privados que han sido rechazados por las comunidades.      

El Estado ha lanzado una ofensiva con el Plan Departamental de Aguas, mientras que desde hace varios años la CRC venía acosando a las comunidades con los pagos por concesión de aguas para sus acueductos comunitarios. El rechazo de los usuarios de los acueductos comunitarios, ha sido unánime, aunque ha faltado coordinación. A través de diversas organizaciones nacionales han presionado para que se legisle a favor de los acueductos rurales y de municipios pequeños. No están dispuestos a cambiar sus estructuras administrativas, y sólo, en los más grandes, en donde ya existen plantas de tratamiento o se están construyendo, se están instalando medidores, en el entendido que se requiere racionalizar el uso del agua y de que sin ningún tipo de medición, el campesino pobre termina subsidiando al empresario medio o campesino más acomodado, que gasta más agua y paga una misma tarifa.

Frente a esa ofensiva institucional existe una amplia resistencia social. Asociaciones de Cabildos de varias regiones se han pronunciado en contra, al igual que diversas organizaciones sociales. Sin embargo, la estrategia utilizada por el gobierno, apoyándose en los contenidos de las normas[12], y en procedimientos clientelistas, les ha facilitado imponer condiciones de endeudamiento a los municipios, alcaldes y concejos municipales. Se han  presentando casos como en Toribío, donde todos los cabildos rechazan el plan, y sin embargo, el alcalde indígena lo ha aprobado. Lo mismo ha sucedido en diferentes localidades del departamento.

En algunos municipios como El Tambo, Timbío, Bolívar, La Vega, las comunidades están desarrollando nuevas estrategias de carácter local. Frente al Plan de Aguas, se han planteado la apropiación de los recursos económicos para ampliar o mejorar los acueductos pero mantener de hecho su autonomía administrativa. De igual forma, existen dinámicas hacia la recuperación de los territorios de las cuencas hídricas, y existe una tendencia a desconocer el papel de la Corporación Regional que recauda tasas y contribuciones pero no realiza acciones reales de beneficio ambiental. En las zonas indígenas, dentro de esa misma actitud, son los Cabildos y Asociaciones de Cabildos los que empiezan a asumir funciones de autoridad ambiental.

De igual forma, ante la avalancha de proyectos mineros que van a competir por el agua de las comunidades, se empiezan a diseñar y a implementar nuevas formas de resistencia. Ya no se acude a las movilizaciones y protestas tradicionales, sino a consultas y referendos locales, siguiendo la dinámica del Referendo del Agua. Es una forma política y pedagógica, institucional, civilista y pacífica de involucrar a toda la población con la finalidad de enfrentar con mayor contundencia las normas y políticas nacionales que se han impuesto sin contar con las voluntades populares y los intereses locales. 

A manera de conclusión

Al igual que en América Latina, en el departamento del Cauca existe una gran diversidad de pueblos en proceso de auto-afirmación, transformación y permanente mestizaje racial y cultural. Esa multiplicidad se refleja frente a la visión y apropiación de territorio, y al acceso y uso del agua.

Los pueblos originarios no tienen un comportamiento uniforme. Unos, luchan por mantener sus formas de organización colectivas y sus correspondientes costumbres, cosmovisiones y demás referentes de identidad. Otros, tienen un comportamiento más flexible; de hecho el capitalismo y sus formas de apropiación privada han logrado penetrar en sus formas de vida, aunque en temas de territorio, agua y otros aspectos de la cotidianidad, aplican un sentido colectivo. Algunos otros, se han ido integrando a la sociedad nacional, abordan la mayoría de sus asuntos con criterios integracionistas, pero mantienen en lo familiar y comunitario muchas de sus costumbres ancestrales. Unos más, debido a la violencia, a situaciones sociales y económicas, o a catástrofes naturales, han sido desplazados a las ciudades en donde han constituido cabildos urbanos y mantienen vínculos estrechos de carácter étnico-cultural.

Entre las comunidades afrodescendientes se presentan situaciones similares. Las comunidades más apartadas, en la costa pacífica o zonas no impactadas por el desarrollo capitalista, se conservan tradiciones de su etnia y cultura, pero no existe mucha conciencia de su valor social y político. Se nota cierta subvaloración. Por el contrario, en comunidades que han perdido casi todo, tierras y territorio, existen movimientos más amplios en la dinámica de reconstrucción de lazos comunitarios y recuperación de su cultura.

El mismo fenómeno se presenta entre las comunidades campesinas. De acuerdo a sus orígenes y heredades étnicas y sociales, existen tendencias dirigidas a recuperar sus raíces indígenas y/o afro. Otras poblaciones buscan reafirmarse como campesinos en donde las prácticas agroecológicas, el cuidado del medio ambiente, el rescate y valoración de lo público, la recuperación de semillas y formas alimentarias tradicionales, están dentro de esa propuesta.

En las ciudades se empiezan a reconstruir lazos sociales rotos por los procesos migratorios. Las colonias y los cabildos urbanos están dentro de ese movimiento, así como la vinculación y compenetración con La Minga de Resistencia Social y Comunitaria que han venido encabezando los pueblos indios del Cauca.

Con respecto al territorio y al agua existen varios consensos. El principal, unir a todos los sectores no monopólicos para defender el territorio, los ecosistemas y los recursos naturales, incluyendo en esa alianza a empresarios grandes, medios y pequeños, que se involucren en los procesos de construir una economía alterna al modelo agro-minero-exportador. Se tiene plena conciencia de que ese modelo depreda la naturaleza, genera un crecimiento económico que beneficia a unos pocos, y deteriora la calidad de vida de las mayorías. También, hay acuerdo en la lucha por el Agua como un Derecho Fundamental, en el marco de la iniciativa nacional que se desarrolla alrededor del REFERENDO DEL AGUA.

En relación al tema de tierras y al acceso concreto del agua, a pesar de que hay formulaciones generales sobre pluralismo, multiculturalismo, plurietnicidad, respeto por la diferencia y reconocimiento de la diversidad, los conflictos no sólo están vivos, sino que desde los intereses latifundistas y de grandes capitalistas nacionales y foráneos, se estimula la confrontación y se exacerban los espíritus.  

En las organizaciones sociales (indígenas, afrodescendientes, campesinas mestizas, asociaciones de servicios públicos, veedurías ciudadanas) y partidos políticos alternativos existe una fuerte discusión sobre estos temas. Posiciones extremas presentes en la dirigencia de las diversas organizaciones, pueden hacerle el juego a quienes están interesados en enfrentar a las comunidades. El debate está planteado sobre la actitud frente a los proyectos “extractivistas”, a las alianzas estratégicas con grandes empresarios, al problema de la autonomía y seguridad alimentaria, y demás temas relacionados.   

Las formas como conviven las comunidades de base, los encuentros multiétnicos y pluriculturales que se vienen promoviendo, la fuerza unificada que se requiere para enfrentar retos como el conflicto amado, el impacto negativo de la economía del narcotráfico y la ofensiva territorial del gran capital, está obligando a las comunidades a diseñar soluciones que están formuladas en muchos de los preceptos y manifestaciones de la cosmovisión ancestral de los pueblos originarios, que insisten sobre la búsqueda del equilibrio y la necesidad de “fluir” como lo hace la naturaleza, especialmente el agua.

La existencia de gran variedad de acueductos comunitarios en campos y ciudades de la región, con múltiples coberturas, multi e interveredales, rurales unos, urbanos otros, compartidos entre el campo y la ciudad, con usuarios de diversas etnias y clases sociales, construidos con diversos propósitos (domésticos, pequeño riego, beneficio del café), y con múltiples formas de administración – cooperativa, comunitaria, asociativa, y otras -, también nos dan pistas de cómo las comunidades nos enseñan a resolver los problemas.

Si no se comprende la diversidad social, étnica y cultural, si no somos conscientes de la existencia de contradicciones reales que se han acumulado a lo largo de siglos de opresión y exclusión, podemos errar en el manejo de los conflictos. A veces, se puede negar la contradicción; en otros casos, se vuelven absolutos e irreconciliables los intereses sectoriales, o también, podemos aplicar “fórmulas pragmáticas”, que lo único que hacen es aplazar la verdadera solución.

Se requiere, por tanto, un auténtico y creativo re-encuentro, entre pueblos originarios, pueblos indios en transformación, comunidades afrodescendientes en auto-afirmación, y población mestiza y blanca descubriendo sus raíces. De ese proceso surgirá nuestra identidad Indo-afro-euro-Americana. En la práctica, es un proceso de reconocimiento en permanente movimiento; enfrentando y resolviendo los problemas; encontrándonos plenamente con nuestras diferencias y similitudes; alimentándonos de miradas diversas y construyendo soluciones complejas; partiendo de aceptar que no hay verdades absolutas y que desde el diálogo intercultural podemos construir alternativas viables. Sólo así avanzaremos.

La experiencia y la sabiduría acumulada durante tantas luchas nos anuncian que ese sendero está siendo caminado y será reafirmado en el andar. 


[1] Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca ACIN. http://www.masaacin.org/


[1] Khenpo Phuntsok Jigme Rinpoche. Instituto Confuciano, 1973.

[2] Orellana, Juan Ángel. “Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala”. Argentina, 2006

[3] Trivero, Alberto (1999); Trentrenfilú, Proyecto de Documentación Ñuke Mapu.

[4] R.P. Izquierdo, Mariano.  Mitología Americana,  C.M.F.

[5] West, Robert C. 2000. Las tierras bajas del Pacífico colombiano. (Traducción de Claudia Leal). Bogotá: ICANH,

[6] Los españoles percibieron que en esas sociedades imperiales existía un tipo de pensamiento “derrotista”: estaban esperando que “dioses” provenientes del otro lado del mar llegaran a salvarlos. Muchas de sus leyendas y mitos hablan de extranjeros sabios como una tabla de salvación. Es muy conocida la carta de Hernán  Cortés a su primo segundo Francisco Pizarro, donde le comparte el método con que dominó a los aztecas. Éste lo aplicó al pie de la letra con Atahualpa.

[7] Caso de la Confederación Iroquesa estudiada por Benjamín Franklin, quien tuvo trato directo con Haudenosaunee o “pueblo de la casa grande” en 1753. Destacó en sus obras que el grado de autonomía individual que gozaban los habitantes de la liga era desconocido en Europa y publicó los tratados indios, considerada como una de sus obras más importantes.

[8] El término “yanaconas” es utilizado por los españoles y cronistas en forma genérica para denominar a todos los pobladores nativos que son reclutados en el imperio inca para hacer parte del ejército invasor dirigido por los españoles. Sin embargo es realmente una categoría social jerárquica del imperio inca. Los antecedentes de este pueblo en el Cauca, como dice una reciente investigación antropológica (M. Sevilla, 2006: 129) habría que buscarlos en una mezcla de nombres propios, Quillas y Haxas, y de nombres comunes, yanaconas (con minúscula), españoles, y grupos tardíos de colonizadores blancos y mestizos que entraron al área a mediados del siglo XVIII. El yanaconaje, era una institución incaica de servicio, destinada a cumplir tareas públicas y privadas en ayuda de las élites. Puede pensarse que hubo yanaconas al servicio de los españoles que se quedaron en la región del Macizo durante siglos. (Nota del Autor).

[9] CEPAL: Comisión Económica para América Latina de la OEA, creada en 1959.

[10] Dorado, Fernando. Movimiento obrero, lucha sindical, social y estructura económica en el Cauca. Caja de Herramientas, Viva La Ciudadanía.

[11] La mayor parte de la población mestiza del Cauca es de origen “yanacona”. Fue  población desplazada por los españoles durante la época de la conquista y traída desde regiones de Perú y Ecuador.

[12] Ley 1151 de 2007, Ley 1176 de 2007, y Decreto 3320 de 2008.

1 Comentario

  1. Inty Wayna Ch said,

    El Pueblo Yanakona, desde el sentir, pensar y actuar, es una comunidad que esta al servicio mutuo del Runa (Gente Andina), son provenientes de Quechuas y Aymaras, y hoy dia ubicados en el Macizo Colombiano, seguiran caminando, habitando el territorio, y cuidandolo de acuerdo al conocimiento propio, como lo enseñaron los mayores, cuidar la casa el territorio, la Pacha Mama – Madre Tierra, para seguir perviviendo en el tiempo y espacio, partiendo atraves de los procesos que se vienen trabajando en cabeza de las Autoridades Ancestrales, Autoridades Mayores.

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